La temporada 2000-2001 se convirtió en un hito inolvidable para el Real Zaragoza y sus aficionados. Tras enfrentar algunas temporadas complicadas en la Segunda División, el club se encontraba en una encrucijada. Sin embargo, bajo la dirección del entrenador Luis García Tevenet, los Maños comenzaron a mostrar su verdadero potencial desde el inicio de la campaña, jugando un fútbol atractivo y efectivo.

Con una plantilla que contaba con jugadores clave como el delantero Luis García y el centrocampista Alberto Zapater, Zaragoza hizo un comienzo sólido. Los Maños empezaron a acumular victorias y a construir una reputación sólida en la división, ganándose el respeto de sus rivales. Los aficionados, que habían estado esperando ansiosamente un regreso a la élite del fútbol español, encontraron una razón para creer en su equipo con cada partido.

El punto culminante de la temporada llegó en la última jornada, cuando el Real Zaragoza se enfrentó al CD Tenerife en el Estadio La Romareda. La atmósfera era eléctrica, y los cánticos de los seguidores resonaban en todo el estadio. Con un gol decisivo en los minutos finales, el equipo no solo aseguró la victoria en ese partido crucial, sino que también garantizó su ascenso a La Liga, creando una explosión de alegría y celebración entre los Maños.

Este ascenso no solo representó un regreso a la máxima categoría, sino que también simbolizó la resiliencia de un club que nunca se rindió. La temporada 2001-2002 en La Liga fue la oportunidad de demostrar que Zaragoza pertenecía a la élite. El ascenso de 2001 se convirtió en una piedra angular de la identidad del equipo, un recordatorio constante de que, a pesar de las dificultades, el espíritu de lucha y la pasión de los Maños siempre prevalecerán.

Hoy, los aficionados recuerdan ese ascenso con nostalgia y orgullo, no solo por los logros en el campo, sino también por el sentido de comunidad y pertenencia que se fortaleció durante esos meses. La historia del Real Zaragoza está llena de momentos memorables, pero el ascenso de 2001 se erige como un símbolo de esperanza y renovación, una historia que sigue inspirando a nuevas generaciones de aficionados y jugadores por igual.